SADNESS
La tristeza
es un monstruo que corroe desde las entrañas y asola el interior. Cuando solo
queda en pie la fachada, la dinamita hasta quedarla reducida a escombros.
En el silencio
de la noche se oía, de manera casi imperceptible, el llanto de una niña. Desde
la calle solitaria, apenas iluminada por bombillas amarillentas que hacían
guiños intermitentes a la luna, podían intuirse los sollozos inconsolables tras
la persiana que daba a la fachada.
Se deslizaba perezosa
una madrugada soporífera de agosto en un pequeño pueblo, en el que rara vez
ocurría algún suceso no planificado y en el que, como no podía ser de otra
manera, la feria en honor al santo constituía todo un acontecimiento.
Cada año se
instalaba en la plaza una caseta en la que se podía beber vino, cerveza y
refrescos y tomar unos pinchos. También hacía negocio el churrero del pueblo
vecino, porque era costumbre terminar el festejo con un chocolate y unas
porras, antes de empiltrarse. No podían faltar los coches chocantes, con la
música a toda pastilla; ni el tren de la bruja, haciendo las delicias de
algunos y siendo la pesadilla de los más miedosos, que no sabían cómo zafarse
de los escobazos repartidos a diestro y siniestro durante el recorrido.
Pero lo mejor
era la verbena, amenizada por una orquesta de tercera regional, que contrataba
con mimo la corporación municipal. En aquel ambiente músico-festivo proliferaban
los primeros escarceos de los mozos con las mozas en edad de merecer, mezclados
con los pasodobles de los matrimonios consolidados, que recorrían con
determinación la pista de cabo a rabo sin perder el ritmo; por no mencionar el
séquito de cotillas sentadas alrededor, sin perder detalle de cada
acercamiento, de cada tocamiento, de cada emparejamiento, mientras pasaban
revista al estilismo de moda de todos y cada uno de los presentes, tema que
exprimían en sus conversaciones al día siguiente y, a veces, incluso mucho
después de pasadas esas fechas.
Para ella no
había fiesta, ni refrescos, ni churros, ni atracciones de feria, ni verbena.
Ella echaba de menos a su madre como el primer día. No entendía por qué había
enfermado hasta morir, dejándola tan sola. Tampoco entendió que su padre
contrajera matrimonio con la sirvienta muy poco tiempo después de enviudar.
Sentía que era un estorbo en cada uno de los planes que hacían.
No podía sacar
de su cabeza el recuerdo del muro, construido con varias filas de ladrillos,
que aquel enterrador iba
colocando, con indiferente rutina, en un ceremonioso compás de espera de
respiración contenida, del adiós tajante, contundente, irreversible, sin
prórroga, inmisericorde, temible, indeseado. Aquel muro tras el cual su madre quedó presa para siempre. Y en
la oscuridad del lúgubre descanso eterno, del que hablaba el sacerdote en el
funeral, ella solo imaginaba tinieblas, miedo, tal vez dolor, ansiedad,
desesperación, ahogo, silencio aplastante. Por muchas flores que cubrieran el
nicho.
Los sintió llegar de la feria y se
metió rápidamente en la cama; se hizo la dormida, tragándose sus lágrimas,
cuando su padre se asomó a su habitación para comprobar que todo estaba en
orden. Pudo conciliar el sueño con dificultad, escuchando bajo las sábanas las
risitas contenidas de la pareja mientras se desvestían y se acostaban.
A medida que pasaban los años, su
carácter introspectivo era por todos conocido y su lánguida tristeza se había
cronificado. Su etapa escolar en el pueblo tocaba a su fin, por lo que se hacía
necesario continuar los estudios en la capital. Su padre decidió mandarla a un
internado de monjas, seguramente con el beneplácito de su madrastra, que se
vería así con mayor disponibilidad y libertad de movimientos sin su presencia
en su día a día.
Los primeros días fueron duros:
horarios estrictos para las clases, las austeras comidas en larguísimas mesas,
las horas de estudio vigilado, las duchas con agua casi siempre fría, las inviolables
normas de convivencia, las pequeñas tareas de limpieza por turnos, los
dormitorios multitudinarios y sin intimidad… Sin contar con las internas
veteranas que abusaban de su timidez y su evidente vulnerabilidad, ideal para
hacer de su vida un purgatorio, en medio de su particular infierno emocional.
A pesar de todo, su evolución académica
era aceptable y su comportamiento nada conflictivo, por lo que gozaba de la
aprobación de monjas, profesores y de su padre, que procuraba volcarse en
atenciones los fines de semana y las vacaciones que pasaba en casa. Daba la
impresión que pretendía compensarla de los sinsabores con los que la vida la
había castigado de manera inmerecida.
El autobús que la transportaba a la
capital -a cuarenta y cinco kilómetros de su pueblo- para incorporarse al
internado y a las clases, ya estaba en marcha en la estación, y los viajeros
más madrugadores estaban ocupando sus asientos. Se despidió con dos
protocolarios besos de su padre y lo vio alejarse tranquilamente en su
todoterreno, para atender sus quehaceres ordinarios.
Dejó su pequeño maletín de fin de
semana en consigna y encaminó sus pasos calle abajo, rezando para no cruzarse
con ningún conocido. Era bastante temprano, por lo que nadie advirtió lo
anómalo de su recorrido a esas horas intempestivas. Llegó hasta la ermita y
enfiló, por la parte trasera, el estrecho camino de tierra que conduce al
camposanto, aligerando el paso. La cancela estaba asegurada con un contundente
candado, lo cual no fue obstáculo para penetrar en el recinto: trepó y saltó al
otro lado con una inexplicable agilidad, que le costó dejar hecha jirones la
falda plisada del uniforme.
Una vez dentro, se sintió sobrecogida
por el silencio abrumador que la envolvía, roto solo por los potentes latidos
que porraceaban su pecho y su garganta. En un instante se plantó frente a la
tumba de su madre, en la que clavó su mirada, anegada inexorablemente por
lágrimas espontáneas que surcaron sus mejillas como tantas veces.
-
Ya estoy
contigo, mamá. Te echo tanto de menos…
El enterrador llevaba más de una hora
faenando en el cementerio, con su carretilla y sus herramientas de trabajo
cuando, en su cansino deambular por sus calles de la muerte, se topó con la
escalofriante estampa: una joven hundida en las arenas movedizas de la vida
eterna. Una vida eterna que el pobre hombre ahora intuye tan falsa como las
promesas de una legión de charlatanes de pueblo.
Nadie supo cómo pudo romper el muro y
acomodarse sobre el féretro, abrazándolo. Tenía las uñas rotas y cortes en toda
su anatomía. Pero su semblante denotaba serenidad y descanso.
Descanso eterno.